CARACAS, domingo 21 de diciembre, 2008 | Actualizado hace
La majestuosa opulencia zarista y los estertores de la dinastía
Romanov, el corazón de la revolución bolchevique,
la heroica resistencia durante el sitio de Leningrado. Todo
ha ocurrido aquí, en poco más de trescientos años.
La ciudad impregnada por todas partes con las huellas de sus
célebres protagonistas. Pedro y Catalina, los Grandes.
Rasputín, Nicolás y Alejandra. León Trotski,
Vladimir Lenin y Josef Stalin. Fedor Dostoievski, Nicolás
Gogol, Vladimir Nabokov, Alexander Pushkin y Anna Amjátova.
Pier Tchaikovski y Anna Pavlova.
Es difícil imaginarse cuando se atraviesan sus grandes
avenidas, cuando se navega a través de sus múltiples
canales o se cruzan los puentes en arco, que toda esta región
era hasta hace muy poco un inmenso pantano. Los orígenes
de la ciudad y sus increíbles historias son también
los orígenes de su fundador. Pedro el Grande era hijo
del segundo matrimonio del zar Aleksei. A la muerte de éste
en 1682, la familia de su primera esposa, los Milovslavskiys,
y los de la segunda, los Naryshkins, entraron en conflicto
acerca de quién sería el sucesor del zar. Este se
resolvió nombrando a Pedro y a su enfermizo medio hermano,
Iván, co-zares, con Sofía, la hermana mayor de Iván
y acérrima enemiga de Pedro, como regente. Siete años
más tarde los hermanos se las arreglarían para desalojar
a Sofía, condenándola a la vida monástica en
Novodevichy.
Luego de luchar dos veces (1695 y 1696) contra los turcos
en el mar de Azov (triunfaría en la segunda), Pedro inició
su famoso viaje de incógnito hacia el oeste. Visitó
Suecia, Prusia, Holanda e Inglaterra, adquiriendo un vasto
conocimiento naval, militar, y científico que luego serviría
de base a todas sus reformas. Pensaba que Rusia se había
quedado atrás, que le hacía falta un cambio profundo
no sólo en su apariencia, sino también a nivel científico
y cultural. Más que reformar Moscú, le atraía
la idea de fundar una nueva capital, que no sólo imitara
a Europa sino que la superara.
Se enfocó entonces en darle acceso a Rusia al oeste,
al mar Báltico, y declaró la guerra a Suecia (entonces
una de las potencias de Europa) en 1700. No fue una campaña
fácil, no estuvo exenta de desastres. Pero, como volvería
a suceder más adelante en la historia, el sacrificio
humano y la perseverancia rusa acabarían por traer el
golfo de Finlandia a manos del zar. Allí colocó,
en mayo de 1703, la piedra fundacional de Petropavlovsk (el
fuerte de Pedro y Pablo), en la orilla del Neva; y se proclamó
al territorio que la rodeaba Sankt Peter Burk.
recorrer
la ciudad
Quizás
una de las mejores formas de visitar la ciudad es atravesar
en forma sucesiva esas capas de historia. Ahí está
todavía el fuerte, al otro lado de la ciudad, en la isla
de Pedro (Petrogradskaya). Ahí, en una pequeña iglesia,
se encuentran enterrados todos los zares de Rusia. A la derecha
del altar está la majestuosa capilla en donde reposan
los restos del último eslabón de la dinastía
Romanov: Nicolás, Alejandra, sus hijos y sus sirvientes,
fusilados por la revolución bolchevique. A la derecha,
en un espacio modesto, se encuentra la tumba del propio Pedro
el Grande.
Del otro lado del río, frente al Hermitage, puede tomar
un bote que en 45 minutos lo llevará a Pedrovorets, el
Palacio del Zar.
Además de la arboleda que conduce a la entrada y la
imagen de las fuentes que el viajero reconocerá a primera
vista, lo llamativo del interior del edificio es el modesto
escritorio privado de Pedro el Grande.
Hay otros palacios de la época imperial que merecen
una visita: Tsarkoie Selo (de Catalina la Grande, sede de
las tropas alemanas durante la invasión de Hitler) y
Pavlovsk, en las afueras de la ciudad. La opulencia de los
zares no tiene parangón en ningún otro lugar del
mundo.
En el corazón de San Petersburgo, frente al fuerte,
se encuentran la hermosa plaza del palacio, el Palacio de
Invierno y el Hermitage. Este último, además del
atractivo intrínseco que posee como estructura, alberga
la colosal colección de arte de los zares.
Muy cerca de ahí está la catedral de San Isaac,
la iglesia de Nuestra Señora de Kazán, y de la Resurrección
(o de la Sangre Derramada), construida en el lugar exacto
en el que fue herido de muerte el zar Alejandro II en 1881.
También son de esta época los palacios de los Nobles,
en especial el de Strogonoff (el señor del lomito), y
el de Felix Yusupov, en cuyo sótano se inició la
grotesca escena que terminaría con la muerte del monje
Grigori Rasputín.
Hay más. Está el teatro Mariinsky, sede del famoso
ballet, y el Monasterio Alexander Nevski. A lo largo de la
avenida principal de la ciudad, Nevski Prospect, también
hay otros lugares interesantes, como la Plaza de las Artes,
el Gran Hotel Europa, el Museo Ruso, y la moderna arcada de
tiendas Gostiny Dvor.
Ahí todavía es posible conseguir un letrero colgado
por las autoridades durante el sitio de San Petersburgo: "Ciudadanos,
en épocas de bombardeo aéreo, es más seguro
caminar del otro lado de la calle".
No importa cuanto tiempo pueda pasar aquí, lo cierto
es que no hay forma de ver todo lo que la ciudad tiene que
ofrecer en un solo viaje. San Petersburgo es una ciudad para
venir en buena compañía, o al menos consciente de
que si no la trae, aquí no la encontrará. El inglés
no es moneda común, y el alfabeto cirílico tampoco
ayuda. Los habitantes no han asimilado del todo las oleadas
de turistas que año tras año siguen llegando a la
ciudad. Es eso, o es simplemente la complejidad de la personalidad
rusa, amasada a lo largo de su atribulado, complejo y sangriento
pasado.
La otra modalidad común de visitar la ciudad, con un
guía turístico y amparado bajo el paraguas de una
visa colectiva para el grupo, puede resultar peor aún.
No hay peor soledad que aquella que se siente en presencia
de la compañía obligada. Vale la pena acudir a la
Embajada de Rusia y tramitar una visa personal. Nada como
poder pasear por la ciudad a su antojo, subirse al transporte
colectivo, el metro (los palacios del pueblo, según Stalin),
sentarse en un café a ver pasar la gente, deambular por
sus plazas; nada que ayude más a tomarle el pulso a la
ciudad que ese conjunto de actividades sin propósito.
Todos los momentos en la vida son únicos y caminar por
San Petersburgo resalta esa idea, hace esa percepción
más aguda. En buena parte eso le ocurre al viajero por
la ausencia de rutinas cotidianas que construyen la ilusión
de la continuidad de la existencia. Estando aquí uno
se siente en presencia de algo especial.
DATOS DE INTERÉS
Para llegar. Puede hacerlo con las líneas
aéreas Air Canadá, que realiza dos escalas, y con
Air France vía París.
Hermitage. Si va a pasar varios días
le conviene adquirir el pase múltiple que permite visitarlo
en varias etapas. Por ejemplo: un día como palacio, otros
días como museo según el tipo de arte que prefiera;
esa es la mejor forma de apreciarlo y la única de evitar
la museofobia.
Palacio Yusupov. En el sótano de este
palacio se encuentra recreada la escena del envenenamiento
del monje Grigori Rasputín, una de esas historias que
no puede dejar de leer antes de venir (Rasputín: Rusia
entre Dios y el demonio, de Henri Troyat). Aquí también
es posible asistir a conciertos de música clásica
o presentaciones de ballet, en el mismo pequeño teatro
privado en donde Felix Yusupov acostumbraba a pasar las noches
en compañía del zar.
Hospedaje. Si el Gran Hotel Europa le resulta
demasiado costoso para quedarse aquí, no deje de venir
al Brunch (34 euros por persona); el lobby y las demás
área de la planta baja son espectaculares, fue construido
en 1875 y renovado en 1920, desde 1970 es lugar de encuentro
común para jóvenes intelectuales y artistas.
Visado. Le exigirán una confirmación
por escrito de reserva de al menos una noche de hotel en el
lugar de entrada, y se la otorgarán única y exclusivamente
por la cantidad de días que su pasaje indique que transcurrirán
entre su entrada y salida
Cafés. Entre los recomendados se encuentra
el del Teatro, ubicado diagonal al Teatro Mariinsky. El café
Literario, en Nevski Prospekt. Es bueno recordar que Pushkin
salió de aquí a su duelo fatal en 1837.
11:54 PM.
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